La impartición de la asignatura de religión lleva un cierto tiempocuestionada en Occidente. El impacto de una cultura laicista apremia a configurar sociedades alejadas de sus tradiciones creyentes. Al mismo tiempo, la mayor pluralidad religiosa de quienes creen, también esotro de los ingredientes que vienen a complicar la situación. Sin embargo, las distintas formas de secularización ni mucho menos han logrado culminar el preconizado anuncio de la «muerte de Dios».Incluso las propias sociedades democráticas parecen haber advertidoque, ante la manifiesta pobreza de formación en valores, se exacerbaun patológico relativismo, se propicia una disparatada fragmentaciónde los saberes, y se impide la adquisición de determinadosconocimientos verdaderamente significativos. Como es manifiesto, lalucha por la formación moral no puede quedar di¬soluta en unatransversalidad, y asistimos también, aunque resulte paradójico, a una «vuelta de la religión» que parece tomarse su revancha.Todo ello se embrolla aún más con cuestiones externas, como lasnoticias que aparecen cada vez con mayor frecuencia en los medios, con algunas polémicas fuertes como la suscitada por la presencia desímbolos religiosos en los centros públicos de enseñanza. Este tema ha vuelto a alterar el quehacer cotidiano en las aulas de los colegiospúblicos europeos, ante la denuncia y solicitud de retirada de loscrucifijos presentes en aquellas, por considerar que suponían unadiscriminación debido a motivos religiosos y vulneraba principios como el de separación de Iglesia-Estado, y la obligación de neutralidadideo¬lógica por parte de la Administración.Así las cosas, conviene también no olvidar matices importantes, y ahísobresale el hecho de que el Estado, a la larga, solo es eficiente silas exigencias individuales que deba enfrentar se encuentran en unarelación equilibrada con los deberes que hace cumplir a susciudadanos, las condiciones en las que se desarrolle la enseñanza dereligión representa un buen ejemplo.