«Destrucción de la democracia en nombre del Corán, expansión guerrerade la democracia identificada con la puesta en práctica del Decálogo,odio a la democracia equiparada al asesinato del pastor divino. Todasestas figuras contemporáneas tienen al menos un mérito: a través delodio que manifiestan contra la democracia o en su nombre, y a travésde las amalgamas a las que someten la noción de ella, nos obligan areencontrar la potencia singular que le es propia. La democracia no es ni esa forma de gobierno que permite a la oligarquía reinar en nombre del pueblo, ni esa forma de sociedad regida por poder de lamercancía. Es la acción que sin cesar arranca a los gobiernosoligárquicos el monopolio de la vida pública, y a la riqueza, laomnipotencia sobre las vidas. Es la potencia que debe batirse, hoy más que nunca, contra la confusión de estos poderes en una sola y mismaley de dominación.»