Los códigos de la memoria, ese delicado mecanismo para laadministración del olvido, impiden que un libro conquiste lainterminable fortaleza de una vida, pero hay vidas que toman al asalto las terminables páginas de un libro, y además no dejan prisioneros.El narrador de esta historia, por ejemplo, embiste contra su propiopasado blandiendo una sinceridad tan brutal que incluso sus mentirasejercen como auténticas delatoras de un personaje fiscalizado a lavuelta de cada esquina por los testimonios de amigos, parientes ocolegas. Ese personaje es un héroe que ha dimitido de la virtud, untítere sin cabeza que exhibe sus polvos y sus lodos con la fruición de un pornógrafo, sus fechorías con el orgullo de un santo, sus chutescon la añoranza de un sibarita, sus cárceles con el realismo de uncirujano, sus disparates con la inocencia de un párvulo, sus viejosamores con la piedad de una hiena, su música con la pasión de unamante incansable y siempre perplejo... No hay pelos en la lengua.