El 24 de marzo de 1980 el arzobispo de San Salvador fue asesinadomientras celebraba misa. El mundo quedó desconcertado, pero para lossalvadoreños no fue una sorpresa. Desde hacía tres años, Óscar Arnulfo Romero se había transformado en la «voz de denuncia más lúcida yaudible» del país. Era el único capaz de devolver la dignidad robada a miles de víctimas, que de otro modo jamás habrían pasado a lahistoria. Su homicidio abrió una puerta al abismo en el pequeño paíscentroamericano: más de ochenta mil muertos, entre asesinados ydesaparecidos, en doce años de guerra civil. En la figura de estepastor es, por lo tanto, necesario considerar la historia social ypolítica de El Salvador. Es lo que se propone el autor en estabiografía, que no hace del personaje un mito o un ejemplo deespiritualidad separada de la historia, sino que intenta comprender al obispo Romero como un hombre y un cristiano de su tiempo.