Hemos tenido la rara fortuna de asistir a un cambio de milenio. Entérminos culturales, se ha producido en medio de un debate sobre lapeligrosidad o la promisión que le cabe a un neomedievalismo de cuyaexistencia apenas se duda. Los museos, en concreto, aprovecharon losaños preliminares para reflexionar acerca de un futuro que ya espresente. En los países anglosajones lo hicieron desde una museologíaque, de nueva, mudó en crítica. Por ese camino, se han humanizado oestán en el proceso de hacerlo los que se les van sumando. Lo que hantenido de cámara acorazada va cediendo terreno a lo que tuvieron decámara de maravillas: los almacenes y laboratorios se abren, las salas se teatralizan. El posmuseo es el museo en deconstrucción, alreencuentro de su añorado premuseo. Llamémoslo posmodernidad oposestructuralismo, pero su ADN contiene genes románticos, barrocos y, sí, medievales. Nunca va a dejar de importar qué tienen los museos, pero cada vezimporta más lo que hacen con ello. Si los objetos son sustantivos ylas acciones verbos, hablamos de un museo verbal que, aparte de verse, también se cuenta. Como en dos escenarios teatrales unidos por sucuarta pared, a un lado, se investiga, se restaura, se diseñanexposiciones. Al otro, se interpreta, también físicamente: se actúa,se recita, se baila, se performa. Las artes músicas reclaman elespacio y, sobre todo, el tiempo debido, uno que ya no es lineal sinorítmico y permite el reinicio sin fin de cada ejecución, de cadaproceso. ¿Vas a quedarte fuera?