¿Qué sucedería si fueras capaz de mirar dentro de las mentes de todala población del mundo entero?¿Qué pasaría si fueras capaz de influir en los más débiles con rumores que solo ellos pudieran ver?Por vez primera, el gran denunciante deCambridge Analytica cuenta la verdadera historia sobre la extracciónde datos y la manipulación psicológica detrás de hechos históricos degran dimensión, como la elección de Donald Trump o el referéndum delBrexit, conectando Facebook, WikiLeaks, los servicios de inteligenciade Rusia y hackers internacionales de todo el mundo.En 2016, un oscuro contratista militar británico puso el mundo al revés. Creada por unmultimillonario en una cruzada para comenzar su propia insurrección,Cambridge Analytica mezcló investigación psicológica con datosprivados de Facebook para crear un arma invisible con el poder decambiar lo que los votantes percibían como real.La firma fue creadapara lanzar el hasta entonces desconocido ataque ideológico de SteveBannon. Mientras perfeccionaba sus artes oscuras en elecciones ennaciones como Trinidad o Nigeria, el director de investigaciónChristopher Wylie comenzó a descubrir lo que él y sus colegas estabancreando.Wylie había escuchado la inquietante visión de losinversionistas. Vio lo que Alexander Nix, CEO de la empresa, hizo apuerta cerrada. Cuando Gran Bretaña conmocionó al mundo entero votando su salida de la Unión Europea, Wylie decidió que era el momento deexponer públicamente a sus antiguos asociados.El crimen político delsiglo acababa de ocurrir: el arma había sido probada, y nadie losabía.«Mindf*ck demuestra como las operaciones digitales influyencuando convergen con los despreciables intereses de los políticos,manejados para desmontar democracias.» Clint Watts, WashingtonPost«Independiente y profano. Wylie cubre mucho terreno explicando con detalles tan reveladores como alarmantes cómo Cambridge Analytica seaprovechó de información para crear páginas de Facebook que generaronconspiraciones en ciudadanos neuróticos, propagando mucha indignacióny solidaridad.»Jennifer Szalai, New York Times