«En una novela tiene que haber un héroe, y aquí se han reunidodeliberadamente todos los rasgos del antihéroe», dice el narrador sinnombre de Memorias del subsuelo. En la primera parte del libro, unfuncionario de grado mediano de cuarenta años, ya retirado, se dirigea un imaginario público como un orador. En la segunda parte, a partirdel recuerdo de una anécdota de juventud, la novela empieza a poblarse de personajes tenientes engreídos, amigos aduladores, criadosaltivos, jóvenes prostitutas que acaban de perfilar, con sus juergas y sus desaires, el característico universo dostoievskiano. El«subsuelo» desde donde escribe el protagonista es un espacio simbólico de «la falta de contacto con la vida» y del «presuntuoso rencor» queesta genera, pero también un refugio donde reina una falsa sensaciónde «tranquilidad». Es el lugar donde viven los insectos, las arañas ylos ratones, y también el hombre superfluo, «incapaz de amar», esegran prototipo de la literatura rusa.