ZALAMA, MIGUEL ANGEL / PASCUAL, JESUS
Desde la Edad Media, la riqueza de los tapices marcaba la diferenciaentre sus poseedores. El oro, la plata, las joyas, y también lospaños, no solo mostraban la riqueza sino la magnificencia delposeedor, por lo que atesorar tapices fue obsesión de los principalesnobles y clérigos, y por supuesto de los monarcas. Se utilizaban entodas las ceremonias importantes y colgaban tanto en el interior delos palacios como en las calles cuando se trataba de dar la bienvenida a un invitado ilustre. La magnificencia no era considerada puraostentación, sino una virtud siguiendo la definición que de ella haceAristóteles en su Ética a Nicómaco.Mas la fortuna es cambiante y si el gusto por los paños fue común atoda Europa, también lo fue el rechazo propiciado a partir del sigloxviii cuando los tapices comenzaron a ser relegados frente a laspinturas. Pero mientras se extendía el desinterés y muchas colecciones se destruyeron o mutilaron, algunos potentados estadounidenses seafanaban en comprar tapices con los que decorar sus lujosasmansiones.Muchas piezas se han perdido irremediablemente y solo en las últimasdécadas se ha producido un cambio importante en cuanto a laapreciación de estas obras de arte que en ningún caso pueden tacharsede menores, aplicadas o decorativas. Los ensayos que aparecen en estapublicación, realizados por profesores universitarios, conservadoresde museos y miembros de instituciones científicas que se hanpreocupado por los paños, muestran el interés que suscitan entrealgunos estudiosos, a la vez que son un esfuerzo por darlos a conocera un público que hasta ahora ha mirado los tapices con recelo, y aaquellos interesados que por falta de información no se han percatadode la belleza ni de la importancia que tuvieron en otras épocas.