Cuando se nos presenta el conflicto entre ciencia y religión, da lasensación de tratarse de una confrontación inevitable desde elcomienzo de los tiempos. Sin embargo, el dilema es relativamentereciente -apenas se originó hace trescientos años- Y también aparente, puesto que la lucha de estas dos categorías que empleamos restringennuestra compresión de cómo el estudio formal de la naturaleza serelaciona con la actitud religosa ante la vida.