Las «muertes de Dios» expresan las diversas etapas ideológicas que han generado la crisis actual de la fe en Dios. Por un lado, la filosofía ha resaltado la incapacidad humana para hablar de una divinidadtrascendente sin falsearla. Nietzsche ha sido el referentefundamental, pero no el único, al subrayar el ocaso de la divinidadjudía y cristiana en Occidente. Pero la crisis de Dios tiene raícesinternas, comenzando con las imágenes salvajes de la divinidad en elAntiguo Testamento y el carácter proyectivo y retrospectivo de laimagen monoteísta. No se puede obviar la ambigüedad del Dios bíblico y el carácter mítico del imaginario que lo representa. A esto hay queañadir el nuevo contexto histórico-crítico de los textos cristianos.Especialmente la cruz de Jesús es objeto de debate, pues hay que hacer comprender cómo el ajusticiamiento de un presunto delincuente puedeconvertirse en un hecho salvador y en una revelación divina. Elcristianismo tiene que mostrar cómo el silencio y la no intervenciónde Dios puede ser la manifestación de un Dios misericordioso.El problema se agrava con el anuncio de la resurrección y sus diversas interpretaciones, que no solo ofrecen hermenéuticas diferentes de lamuerte sino también de la salvación, de las imágenes de Dios y delsignificado de la filiación divina de Jesús. El paso del hijo delhombre a Hijo de Dios acentúa la tensión inherente a una muertecruenta y sus pretensiones de salvación. El ateísmo humanista sirvehoy paradójicamente de alternativa a la fe religiosa, surgenespiritualidades sin Dios y se opta por un absoluto impersonal encontraposición a la creencia monoteísta en un Dios personal. Pero lamuerte de Dios en una sociedad secularizada y globalmente no religiosa puede ser una oportunidad histórica para replantear la fe en Dios. El ateísmo humanista y la espiritualidad cristiana pueden converger enproyectos de sentido, aunque tengan también diferencias sustancialesen su visión global del ser humano y de la vida.