El paso del tiempo ha creado la ilusión de que la contracultura de los años sesenta, que se articuló alrededor del movimiento hippie enEstados Unidos y las revueltas de Mayo del 68 en Europa, fue un éxitocuyo eco sigue resonando en la actualidad. Pero lo cierto es que aquel éxito fue un mito, una construcción, y ya durante el tiempo en que la contracultura empezaba a cobrar forma, el denominado establishmentempezó a crear los cauces para aplacar y dirigir aquellos aires derevuelta y así poder convertirlos en un negocio, plenamente asimilados por el capitalismo imperante. De hecho, esta conquista de lo cool hasido una constante durante varias décadas de tensiones entre el podery su reverso: el capitalismo siempre encuentra la manera de convertiren reclamo (o en moda) cualquier revuelta social, ya sea el movimiento obrero, el pacifismo, el ecologismo o el feminismo. En este ensayopionero ?que ya publicó Alpha Decay en 2011 y ahora se rescata en unanueva edición revisada y engrandecida con un prólogo del críticocultural Jordi Costa?, Thomas Frank explica cómo ya en los sesenta, yfundamentalmente desde las agencias creativas de publicidad de Madison Avenue, empezó a asimilarse el lenguaje contestatario de losmovimientos juveniles en eslóganes y productos que, traspasados a laesfera del consumo, perdían toda su carga transformadora.Thomas Frank abunda en los orígenes de un procedimiento que siguedándose en la actualidad, y cuyos efectos, aunque a veces pasendesapercibidos, tienen un profundo impacto en la evolución de lassociedades occidentales, donde los signos de cambio muchas vecesaparecen transformados en una bohemia conformista y en la vacuidadhipster. Y para añadir un toque más perverso a esta relación, Frankdesvela otra clave: muchas veces, la intención de revuelta y suasimilación en las dinámicas capitalistas van de la mano, seretroalimentan y colaboran para crear una fantasía en la que losubversivo pierde su valor más allá de su interés como bien deconsumo.