Desde su nacimiento, la filosofía ha proyectado una sombra: elescepticismo. Sombra especialmente densa cuando el cuerpo que laproyecta es la filosofía griega. Tan lejos llegaron los escépticosantiguos en su diatriba contra el dogmatismo que rechazaron por iguala los dogmáticos afirmativos, que dicen que se puede conocer, como alos negativos, que niegan que se pueda conocer. Con esa forma derazonar, aspiraban a que el entendimiento se quedara «en suspenso» ylograra así la calma. El escepticismo, cuya prehistoria se remonta alos presocráticos (Jenófanes, Demócrito) y, particularmente, a lossofistas (Gorgias), surge en el siglo IV a. C. con Pirrón, queacompañó a Alejandro Magno a la India. La Nueva Academia depurará suutillaje dialéctico y, a la sombra de Platón, difundirá la actitud«observadora» por el mundo. Desde el siglo I a. C. hasta el III d. C.los escépticos llevan su forma de argumentar a extremos no superadosque han alimentado las fases de renovación a lo largo de la historiade la filosofía, como se ve en los casos de Descartes, Kant yNietzsche. El saber cauteloso del científico, al igual que el saberque «trasciende toda ciencia» del místico, tienen en el escepticismopirrónico su principal precursor, que influirá también en la gestación de la filosofía de la «vacuidad», que es la más característica delbudismo mahayánico.