«Estoy tentado de decir que mi experiencia de la escritura me lleva apensar que no siempre se escribe con el deseo de que a uno loentiendan, al contrario, hay un paradójico deseo de que eso no suceda(...) si la transparencia de la inteligibilidad estuviera garantizada, destruiría el texto, demostraría que no tiene porvenir, que no rebasa el presente, que de inmediato se consume, entonces, cierta zona dedesconocimiento e incomprensión es también una reserva y unaposibilidad excesiva: una posibilidad para el exceso de tener unporvenir y, por consiguiente, de generar nuevos contextos». «En la escritura subyace la exigencia de un exceso aun respecto deaquello que puedo comprender de cuanto digo: la necesidad de dejar una suerte de apertura, de juego, de indeterminación, que significahospitalidad para el porvenir (...), apertura de un lugar dejadovacante para quien ha de venir, para el adviniente». «Si se da a leer algo completamente inteligible, plenamente saturadode sentido, no se lo da a leer al otro. Dar de leer al otro significatambién dejar desear, o dejar al otro el lugar de una intervención con la cual podrá escribir su interpretación: el otro deberá poder firmar en mi texto. Y es en ese punto donde el deseo de que a uno no loentiendan significa, simplemente, hospitalidad para la lectura delotro, y no rechazo del otro».