Un álbum ilustrado necesita, por lo general, la complicidad de unlector hábil que lea interrelacionando los dos códigos, el lingüístico y el icónico, con el que el álbum se expresa. Cuando estos códigosentran en algún tipo de contradicción provocan en el lector eldesconcierto, la sorpresa o el humor. Así ocurre en este álbum dondeJ. Klassen juega con el diálogo que el minúsculo pez protagonistamantiene con el lector, ignorante de lo que ocurre en la ilustración,que es exactamente lo contrario de lo que el pececito imagina yexpresa.
Pero además, es que los recursos gráficos con los que construye eldiscurso de la imagen son tan escasos: apertura de los ojos,movimiento de burbujas, juego con los planos, que maravilla sucapacidad para trasmitir una versión completamente opuesta a la de las palabras.
En un mar de aguas negras, que nos hacen pensar en un fondo abisal, un pececito le roba a un gigantesco pez un bombín y huye hasta un bosque de plantas marinas donde se oculta con la esperanza de no serencontrado. Pero el lector ve lo que ocurre en realidad y un finalabierto le da la posibilidad de imaginar un desenlace más o menosfeliz. La complicidad del lector, que sufre con la ignorancia delladronzuelo es la baza que juega esta sencilla historia donde se puede apreciar la capacidad del ilustrador para la narración visualutilizando una paleta de color limitada, un fondo negro y trespersonajes. Una ilustración que nos recuerda a Leo Lioni y unanarración escueta con pocas concesiones a la ingenuidad. Un álbum para compartir e interpretar.
El libro mereció la medalla Caldecott 2013