El dibujo de la figura humana nos compromete a nosotros mismos, porcompleto: atañe a la emoción que sentimos frente al modelo mientrasobservamos sus características físicas y percibimos, alternándolos con los nuestros, sus estados de ánimo. Quizá, de forma parecida a lo que sucede en el ´retrato´, y con valores aún más sutiles y profundos,observar el cuerpo de uno de nuestros semejantes provoca una especiede mirada también sobre su ´fluir´interior y provoca casi unareflexión o una ´proyección´en él...No sorprende, por tanto, y es bien sabido, que desde los primeros balbuceos del sentir artístico yreligioso la representación del cuerpo humano ha constituido uno delos temas más elevados y significativos. El desnudo identifica alhombre en su esencia, quizá con itinerarios diversos en lascivilizaciones de Occidente y en las orientales: en las primeras, porejemplo, parece surgir, como rasgo distintivo, la tensión en elanálisis, en la descripción, en la anatomía y en la explicación de loorgánico, en la composición entre ´generalidad´e ´individualidad´,enlas segundas, al contrario, predomina la atención por el fluir vital,por los indicios difuminados pero reveladores de los caracteres másíntimos y esenciales de las energías interiores.