«En realidad, lo mío es ser escritor, pero como el éxito y la fama,que sin duda merezco, parecían demorarse, tenía que afrontar elproblema más inmediato, o sea, pagar el alquiler para no tener quedormir en las calles de Camden Town, algo ciertamente desagradablepara quienes tenemos la sagrada misión de ofrecer al mundo bellasmetáforas. La salvación me llegó con una oferta de trabajo del Swan,un pub del barrio con ínfulas gastronómicas que me conchabó comopinche de cocina. Arte culinario, arte narrativo, actividadesemparentadas, así que la cosa no pintaba tan mal hasta que descubrí,no sin sorpresa, que aquello era un auténtico infierno. Y no por elcalor de los fogones, sino porque, además de las jornadas de quincehoras, había que soportar al maldito Bob, el chef, un energúmenosádico y despiadado, aficionado a machacarte con castigos tansofisticados como encerrarte en una cámara frigorífica rodeado delangostas vivas. Pero no todo era fuego y quejidos: mis compañeros decurro eran unos locos pringados que enseguida me apodaron el monóculo, seguramente por mi exquisita dicción. El escuálido Dibden, el racista Dave, el salaz Ramilov y, ay!, la deliciosa Harmony se convirtieronen mis hermanos de lucha, sobre todo cuando fue perfilándose undiabólico plan para deshacerse de Bob. Ahora que todo ha pasado, megustaría decir que el asunto tuvo un final feliz, pero me temo quetengo malas noticias: tanto Ramilov como yo fuimos arrestados deinmediato, acusados de delitos muy graves, delitos que conforman ellado más oscuro de esta insólita historia.»